Álex tiene vergüenza / Natalia Shaloshvili
Editorial: Kalandraka
Sentir el impulso de participar en el mundo pero verse frenado por un muro invisible es una de las vivencias más complejas y solitarias de la infancia. Álex tiene vergüenza, la nueva propuesta de Natalia Shaloshvili bajo el prestigioso sello de Kalandraka, aborda con una sensibilidad exquisita esa parálisis que nace de la timidez extrema. Antes que nada, conviene destacar que la autora no presenta la vergüenza como un defecto que deba corregirse de forma abrupta, sino como un estado emocional que requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, la complicidad de un entorno que sepa respetar los silencios. A través de la figura de una pequeña loba, el relato nos sumerge en esa contradicción interna donde el deseo ferviente de jugar choca frontalmente con la necesidad de replegarse y volver a la seguridad del hogar.
La trama se sitúa en casa de Leo, un anfitrión desbordante de energía que propone escenarios tan estimulantes como formar una banda de rock, montar un restaurante o viajar a la luna. Aunque Álex proyecta en su imaginación cómo sería preparar pasteles esponjosos o actuar sobre un escenario, su timidez actúa como un ancla emocional que le impide dar el primer paso. Shaloshvili, inspirándose en sus propias vivencias infantiles, logra retratar con gran agudeza ese proceso de socialización que para muchos niños no es una carrera de velocidad, sino un sendero de pasos lentos y precavidos. La historia brilla especialmente al mostrar cómo la persistencia amable de un amigo y la validación de los propios sentimientos permiten que, finalmente, el afecto gane la partida al retraimiento.
Con un lenguaje visual tierno y lleno de matices sutiles, este álbum ilustrado de 32 páginas se convierte en una herramienta pedagógica de gran valor para fomentar la resiliencia y la autoconfianza. Es un elogio a la amistad que no presiona y una invitación a comprender que cada individuo posee sus propios ritmos para abrirse a los demás. En última instancia, la aventura de Álex y Leo demuestra que compartir un juego no solo requiere imaginación, sino también el valor de dejarse ver por el otro, transformando el miedo al juicio en una experiencia colectiva de disfrute y seguridad compartida.
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