Relatos crespusculares... de arte, locura y sicalipsis, de Pablo Delgado.



En Relatos crespusculares… de arte, locura y sicalipsis (Caja de cerillas, 2015) el especialista en la bohemia española, entre otras cosas, Pablo Delgado, nos ofrece un ramillete de relatos con dos puntos en común: Zaragoza (todos los cuentos tienen lugar en esa ciudad, o alrededores, o sus protagonistas proceden de la misma) y la bohemia. Nuestro concepto e imagen del artista todavía procede de  la influencia de la idealización del mismo surgida a partir del romanticismo, en especial, desde mediados del siglo XIX.  En esos años la vocación lanza a hordas de literatos (artistas) y aspirantes a tal cosa, a menudo reunidos en barrios, como el de Montmartre en París, o en colonias de artistas, con las esperanzas puestas en una gloria que no siempre se alcanza, a veces con la frugal idea de "revolucionar" el arte (a partir de comienzos del siglo XX con el simbolismo, las primeras vanguardias…), siempre con el deseo de merecer los laureles; con un entusiasmo juvenil que el tiempo solía apuntalar con arte y oficio, o disolver entre la frustración y el desencanto. En ese entorno, y criadero de malvas, surgen los bohemios, cuyos usos y costumbres en principio vienen dados por un consciente rechazo de la vida burguesa, también, por tanto, de un trabajo estable que no sea su propio arte, lo que, dependiendo de su talento y de su suerte, terminará construyendo algunas vidas curiosas, insólitas o, simplemente, tristes y malogradas. Con el paso del tiempo algunos abrazarán esa forma de vida no por convicción sino porque se ha transformado en su forma de supervivencia.  Si a este caldo de cultivo añadimos el alcohol (como  ajenjo) y los burdeles, así como la locura o "el rapto" poético, nos encontramos ante el cartelón de fondo que nos presenta Pablo Delgado. En este caso, además, su autor reproduce una escritura que apunta a la de los bohemios españoles, a la de los mejores bohemios españoles podríamos apuntar, que proceden y que se muelen en el modernismo hispano bajo la eclosión auspiciada por Rubén Darío y sus acólitos, bajo la influencia del decadentismo y el simbolismo. De este modo se entiende la inclusión de párrafos como el siguiente: "… el céfiro peinaba las hierbas mientras los encinares del campo se contoneaban en suaves flexiones de verdipardos palpitantes; florecían las colinas animadas por la magia de Perséfone: liriosazulinos, amapolas acarminadas y campánulas de aporcelanados pétalos se recamaban sobre el verdor raso de la hierba". Así pues, el homenaje no se queda en la época y los personajes, sino que alcanza a la propia escritura, lo que, a nuestro entender, supone un acierto y una manera de enriquecer el contenido de los relatos, así como un oasis entre tanta prosa "clara", que ahora hay en voga, y que más se nos antoja perezosa y huera que fruto de una búsqueda estética.

Este mes Espacio Ralo recomienda este título de reciente publicación, en el que tienen cabida todos los tópicos de la bohemia y de sus maldiciones (la mala mujer o vampiresa, el futuro truncado, la tertulia, los sentimientos desgarrados y ateridos por la sensiblería del romanticismo tardío, la vocación frustrada, el espectro…), lo que supone, en suma, una lectura tan agradable como enriquecedora, por el acierto, volvemos sobre el asunto una vez más, del autor al recrear con el lenguaje y sus texturas ese mundo ya perdido, que alguños añoramos sin haberlo conocido, por sus luminiscencias, aunque seamos conscientes de sus opacidades.

La sinopsis del libro, según sus propias pastas, nos habla así:


A lo largo de sus páginas, estos Relatos crepusculares, sumergirán al lector por las calles y avenidas zaragozanas de comienzos del siglo XX con su barahúnda de truhanes, bohemios, idealistas y decadentes burgueses siempre prestos a ingerir una buena cantidad de ajenjo, el elixir del 'hada verde', y soñar después con la literatura. Aquí reside parte de la riqueza de este libro, la primera gran genialidad: la conquista de una época. El autor ha reconstruido una de sus grandes obsesiones: la decadencia finisecular vista desde los particulares modus operandi del bohemio, del escritor idealista, del joven que pierde sus ilusiones, del trabajador cansado de ser un autómata, de las jóvenes enfermizas de una casa de mala nota o del burgués de doble moral."

 ...

En definitiva, los Relatos crepusculares son un canto a la desilusión y al nihilismo, al exceso, y sobre todo a una lucha abocada al fracaso y cargada de antihéroes. Tales elementos estuvieron muy presentes en la literatura de aquella época conocida como Fin de Siècle, y cuya atmósfera Pablo Delgado ha tenido a bien evocar entre sus páginas.

Y,  por cortesía del autor, brindamos a nuestros lectores el comienzo del primer cuento:






UNA FOBIA DE GÉLIDA BLANCURA 


Día 1 por la tarde, comienzos de diciembre 

Cuando Gabriel Romano entró en la tienda de antigüedades de la angosta y húmeda calle de Goya[1], pudo observar cómo dos enor­mes lámparas chinas de papel rojo colgaban ligeras y pendulantes al flanqueo de la entrada. Aquella extraña tienda oriental de antigüedades apenas era conocida en la ciudad; Romano había tenido conocimiento de ella por un amigo aficionado a todo tipo de lujos exóti­cos. «Debes visitarla, no tiene desperdicio —le decía su amigo mientras tomaban un café—, cuando entras en ella es como viajar en el tiempo a un lugar extraño, ya verás. Y el regente..., ¡bah!, prefiero no contarte más —profería con sonrisa maliciosa—, así no te privaré del efecto de la sorpresa». 

Abrió la puerta y el retintín de media docena de pequeñas campanillas anunciaron la llegada del nuevo cliente, Gabriel quedó entonces a la espera del misterioso encargado mientras observaba detenidamente el interior. Había objetos y mobiliario de todo tipo inundando la estancia: sillones forrados en damasco de seda granate invitando a dejar correr las lubricidades en sus enormes respaldos; en el techo, una lámpara votiva de bruñida plata evocaba los tiempos de los emperadores bizantinos; en la pared una hilera de exhibidos pergaminos, marcados por ilegibles tipografías, daban testimonio de alguna vetusta civilización que quiso dejar constancia de su esplendor; también, una abigarrada colección de lozas, adornadas con motivos vegetales de un intenso azul cobalto y verde cieno se reposaban sobre mesas y alacenas de presumida belleza dieciochesca; y en el fondo de la estancia algunos anaqueles servían como refugio a extraños utensilios cuyos usos resultaban incomprensibles para un hombre moderno. 

Así se hallaba Gabriel, observando todo y nada en concreto, arrobado, casi hipnotizado, por los múltiples y desconcertantes objetos imposibles de identificar. Pero él sabía bien lo que buscaba, quería algo muy concreto y sencillo: Un marco de fotografías del siglo pasado. Necesitaba aquel instrumento para enmarcar el viejo daguerrotipo de su abuelo donde aparecía posando con un ceñido uniforme de teniente del ejército isabelino de 1860. Encontró, entre el caos de enmarañados tesoros, un marco que parecía ser de ébano, sencillo pero hermoso, ornado con filigranas geométricas resaltadas discretamente; dentro había una fotografía donde una modelo aparecía posando con un semblante circunspecto solo hendido por la curvatura sutil de una sonrisa que apenas dejaba entrever el nácar de los dientes. Posaba aquella modelo ligeramente acodada sobre una balaustrada lapídea en lo que parecía ser un jardín exterior de estampa primaveral. 

Apareció entonces de la nada el encargado de la tienda, se trataba de un oriental, uno de esos hijos del Imperio Celeste que apenas unos años atrás habían derrocado a su último Emperador. Vestía de seda con pan­talón azul añil y una blusa escarlata con ribetes añiles y crisantemos brocados de dorado. Miró a Gabriel y con una gran reverencia y una sonrisa que resultaban claramente afectadas, lo zalemó por la elección del objeto. 

A Gabriel, sin embargo, aquel tendero le resultaba inquie­tante: los ojillos entrevistos por sus extremados párpados, dejaban asomar una amenazante mirada de pupila e iris obsidianas las cuales parecían haber devorado por completo el blanco del globo ocular deshumanizando así sus expresiones. Compró el marco y se marchó de allí con paso presto y una relajante sensación de alivio. Ya en la afarolada calle Alfonso tomó la firme decisión de no regresar más a aquel extraño bazar. 

[1] Actual calle Jussepe Martínez de Zaragoza.





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